Cuando pensamos en la transición energética, con frecuencia dirigimos la mirada hacia nuevas fuentes de generación, redes eléctricas, almacenamiento o combustibles limpios. Sin embargo, existe una infraestructura menos visible, pero igualmente decisiva: la eficiencia energética. Utilizar mejor la energía disponible no significa renunciar al desarrollo, sino obtener más bienestar, producción y servicios con cada unidad de energía consumida.
La eficiencia energética es, en primer lugar, una política de seguridad energética. Cada mejora en una vivienda, una industria, un edificio público o un sistema de transporte reduce la presión sobre la generación, las redes y las importaciones de combustibles. En una región expuesta a fenómenos climáticos, fluctuaciones de precios y restricciones fiscales, gestionar la demanda es también una forma de fortalecer la capacidad de respuesta de los sistemas energéticos. La energía que se utiliza eficientemente disminuye vulnerabilidades y libera recursos para nuevas inversiones.
También es una política social. La pobreza energética no se explica únicamente por la falta de acceso a la electricidad. También se manifiesta cuando una familia debe destinar una parte excesiva de sus ingresos a pagar la energía o cuando no puede acceder a servicios adecuados de cocción, climatización, iluminación o movilidad. En estos casos, las tarifas y los subsidios pueden ofrecer respuestas necesarias, pero no suficientes. Viviendas mejor acondicionadas, equipos eficientes e información accesible pueden reducir el gasto de los hogares y mejorar directamente su calidad de vida.
Para las empresas, especialmente para las pequeñas y medianas, la eficiencia energética representa una oportunidad de competitividad. Reducir el consumo por unidad producida permite disminuir costos, modernizar procesos y fortalecer la capacidad de competir. Sin embargo, muchas empresas enfrentan barreras de información, financiamiento y asistencia técnica. Por eso, las políticas públicas deben combinar incentivos, capacitación, instrumentos financieros y sistemas de gestión que faciliten la transformación de diagnósticos en inversiones concretas.
Nada de esto es posible sin información de calidad. No basta con saber cuánta energía consume un país: necesitamos conocer cómo, dónde y para qué se utiliza. Los balances de energía útil, los indicadores sectoriales y las nuevas herramientas digitales permiten diseñar políticas más precisas, identificar oportunidades y evaluar resultados. La inteligencia artificial puede ampliar estas capacidades, pero su aporte dependerá de la disponibilidad, calidad y comparabilidad de los datos.
Avanzar en eficiencia requiere, además, instituciones fortalecidas, legislación adecuada y continuidad en las políticas. Requiere articular gobiernos, empresas, organismos técnicos, instituciones financieras, universidades y ciudadanía. Los resultados pueden ser menos visibles que una nueva central de generación, pero se acumulan en millones de decisiones cotidianas y producen beneficios duraderos para toda la sociedad.
La transición energética de América Latina y el Caribe no dependerá solamente de cuánto logremos generar, sino también de cuán inteligentemente utilicemos la energía. La presentación del Libro Blanco de la Eficiencia Energética de OLACDE, el lunes 5 de octubre, en el marco de la XI Semana de la Energía, que se celebrará en Santo Domingo, será una oportunidad para profundizar esta conversación. Allí podremos compartir experiencias y construir una agenda regional que convierta a la eficiencia energética en una verdadera infraestructura para el desarrollo.
Fitzgerald Cantero Piali
Director de Estudios, Proyectos e Información
Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLACDE)